La siesta del Martes (Continuación del homónimo de Gabriel García Márquez)

Autora: Dolores Otálora, de nacionalidad española, Publicado en la revista digital “Horizonte de Letras” el 16 Enero-Febrero de 2013. , siendo modificado el texto en varias ocasiones, siendo la última corrección por el escritor ecuatoriano,  Christo Herrera Inapanta.
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Carlos Centeno, el día que lo iban a matar, se despidió de su madre y sus hermanas con una sonrisa en los labios, jugueteando dando patadas a las piedras del camino. Canturreaba una canción. Era un día caluroso de agosto, mediodía del lunes. A lo lejos un pájaro negro canta y le recordó las palabras de su abuela, que predecían la muerte algún familiar. Él no creía en supercherías. Sólo en lo que podía ver. El sendero era angosto, apenas una persona cabía por el tortuoso camino, rodeado de vegetación y árboles. A lo lejos, el monte se erigía como un estandarte, destacaba el azul luminoso del cielo con nubes de algodón.
Su vida nunca fue fácil. Su padre falleció en plena crisis de la industria del banano. Eran pobres, condenadamente pobres. Ahora sería el hombre de la casa, el primogénito, el que tenía que llevar un sustento. Así se lo dijo el viejo Izarías su tío abuelo. Poco a poco se desvanecieron sus sueños de jugar al fútbol, de saltar por los tejados con su amigo Pedro “El Pirata”, de tirar a las niñas de las trenzas. Todo eso se esfumaba como el humo del tabaco del viejo Izarías. Ahora era un hombre, a sus quince años.
Encontró trabajo en la cercana fábrica de flores. De allí se las exportaban, a diario, a diferentes partes del mundo; pero él no era hábil con las cuentas, le resultaba difícil alinear los diferentes pedidos, seleccionar a qué país irían dirigidos. Él sabía arar la tierra, cargar de heno el camión, pero aquel trabajo era demasiado complicado para él. Estaba acostumbrado a cargar grandes fardos, a hacer los recados para su madre, a subirse al tejado y reparar los desperfectos, pero el trabajo de la fábrica era un tanto complicado para un muchacho analfabeto. Así se lo dijo el capataz cuando le entregó el sobre con el sueldo del mes.
En el pueblo se empezó a hablar de un combate de boxeo que se organizaría en las fiestas de la patrona Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, tenían varios meses para entrenar duro. Su amigo le convenció que con su fuerza y un poco de entrenamiento, quizá ganara los trescientos mil pesos de premio.
 Carlos era bueno para el boxeo. Sabía esquivar los golpes con maestría, y sobretodo utilizar su gancho izquierdo con gran precisión, con un juego de pies que engañaba al contrincante y asestarle un duro golpe cuando estaba confiado. Su truco consistía en dejarse pegar, aparentar una debilidad que no tenía, para, en el momento más inesperado asestarle una cascada de golpes en el estómago, hígado, hasta dejarle K.O. Se hizo un nombre como “El Puma de Loreto”, era conocido en toda la comarca.
 Cada madrugada, llegaba a su humilde vivienda con hematomas y golpes después de cada pelea, bajo la atenta mirada de su madre que, apenada, curaba los moratones y heridas de su hijo. En ese año sus dos hermanas mayores se colocaron en la fábrica de flores, y su madre cosía en casa prendas de aquellos vecinos que necesitaban de sus servicios como costurera.
A escondidas de su cuarto, la madre lloraba por su hijo. Se sentía mal por recoger esos pesos ganados de forma tan brutal. Hace tiempo que se percató de que su hijo no era como los demás, era “especial” con una mentalidad de un muchacho de doce años, inocente, sin malicia. Era por lo que más sufría.
 Su gran oportunidad llegó con el combate con el “Gran Pambele”, campeón de los pesos pluma en Medellín. Si Carlos llegaba a vencer, en su casa no habría hambre por una temporada. Los corredores de apuestas apostaban por el muchacho.
 Aquel sábado era el gran día. La pelea que todos esperaban en el pequeño pueblo de Loreto. Era aún un foráneo en el mundo del boxeo, pero confiaba en su fuerza y su juventud para hacerse un sitio en ese deporte tan cruel. Se puso el calzón con un puma bordado por su madre, confiando en que le traería suerte, aunque según atravesaba la ciudad por el río Magdalena cruzaba un cortejo fúnebre por Mama Grande. La muerte estaba presente siempre en las predicciones de su abuela.
 El animador de ceremonias vociferó a través de un altavoz: “Estamos en vivo desde Bogotá  dónde se enfrentan “El Puma de Loreto” contra “Gran Pambele” . “El Puma de Loreto “con pantaloncillo azul con rayas blancas “Gran Pambele” pantaloncillo negro guantes rojos peso welter 66.500grms.
Comenzó la pelea crispando los dientes “El Puma de Loreto”. “Gran Pambele” soltó recto de derecho a la barbilla Carlos Centeno, que contestó con una combinación de ganchos en corto derecha izquierda volado con la velocidad de un rayo de golden sobre “Pambele”. “El Puma de Loreto amortiguó los golpes, el contrincante se lanzó como una fiera, volando gancho al hígado, haciendo tambalearse. Cayó a la lona, suena la campana “Gran Pambele” arremetió una y otra vez con un Carlos que no respondía a los golpes. Algo se quebró en su cabeza cuando cayó y escuchó… 8, 9, 10. No se apercibió de los camilleros, del doctor mientras lo reconocía. Sólo una palabra salió de su boca: “mamá”. Perdió por K.O.
 Doña Rosalía supo que su hijo ya no volvería a ser el mismo. Los golpes fueron tremendos y le dañaron la nariz y parte de la cabeza. Los camilleros se lo llevaron a la enfermería. El médico ordenó trasladarlo de inmediato al hospital más cercano. Tenía una brecha en la cabeza que no le gustaba nada.
Tardó diez largos días en recuperar la consciencia. Al despertar se encontró con la mirada de su madre y preguntó ¿vencí, mamá? Ella no pudo contener las lágrimas. Después de hablar con el neurólogo, Doña Rosalía confirmó sus sospechas. Su hijo tenía importantes lesiones cerebrales, en el argot del boxeo se decía que había quedado “sonado” Tenía una mirada apagada, miraba sin ver, emitía unos sonidos ininteligibles. Se había olvidado de hablar, de comer. Pacientemente ella le cuidó junto con sus hermanas en los últimos meses siguientes. Ya nunca podría boxear.
Carlos, en su fuero interno se notaba “distinto”, los simples cálculos contables eran de una dificultad extrema para él. Su memoria estaba resquebrajada, no recordaba apenas nada de sus días de infancia, y le tenían que repetir los nombres de sus interlocutores varias veces. Sufría por todo ello, pero de su boca no salió una queja. Había hecho planes para pedir la mano de Edelmira, la hija de la profesora. Ahora sentía que no era válido, unas lágrimas luchaban por brotar. “No, los hombres no lloran” se dijo.
Desde entonces, deambulaba por los pueblos de los alrededores. Cometía pequeños hurtos. Su madre, miraba el botín: las gallinas, algún lechal, pero no decía nada. Tenía cuatro hijas que casar. Era difícil para una viuda llevar una economía con la falta de trabajo y el empobrecimiento del país. Con lo de sus hijas en la fábrica de las flores no era suficiente. Y la pequeña aún asistía al colegio. Lo que su hijo trajera cada día sería bien recibido en aquel hogar. Tal vez por eso, ella le preparaba al joven sus viandas preferidas como el sancocho, mute de queso o las arepas.
Carlos, al bajarse del tren de mercancías, en el cercano pueblo de San Roque, no imaginaba su final. Le habían contado que en las afueras vivía una vieja viuda en una casa apartada del pueblo. La asustaría y se llevaría todo el oro, los pesos y objetos de valor. A lo lejos se vislumbraba una desvencijada casa de estilo colonial construida de madera, en forma de U enorme, con un jardín en el abandonado, lleno de maleza, ocultaba parte del gran caserón que a simple vista parecía del todo abandonado, no salía humo de la chimenea, sólo había quietud. Ningún sonido procedía del interior.
Era la casa de la viuda de D. Ferrer, el anterior médico del pueblo que murió de unas fiebres extrañas, aunque en el pueblo decían que la extranjera estaba chiflada.
Carlos vigiló los días anteriores la casa. Nadie visitaba a la viuda, sólo el cartero que religiosamente todos los viernes entregaba correspondencia. No había movimiento alguno. No se recibían visitas, nadie aparecía por allí. Se dijo que aquel trabajo iba a ser muy fácil. Con presteza, sacó sus herramientas. Con un pequeño martillo y el destornillador hizo palanca en la cerradura del gran portón de la entrada.
No le dio tiempo a más. Un fogonazo hizo que cayera de bruces en el suelo, con la mirada fija y un socavón entre ceja y ceja del que brotaba una sangre espesa a borbotones. La viuda lanzó un grito sin atreverse a abrir la puerta. Tiró al suelo el pistolón, sintió miedo, mucho miedo. Alguien pretendía entrar por la puerta. Le había dado a alguien, arrimó el oído a la puerta pero no se oía nada. Sólo silencio. Con manos temblorosas, tiró el arma al suelo. Y se tiró al suelo, sollozando desconsolada. ¡Había matado a alguien!
Ana María era la pequeña de los Centeno. Tenía ocho años, y recordaba a su hermano mayor con dulzura. Siempre la traía dulces, y jugaba con ella. La cogía en volandas y ella reía y reía. Siempre sintió predilección por su hermano mayor. La pasada noche sólo se escuchaban gritos, lamentos en el hogar familiar. Habían llegado malas noticias. Habían matado a Carlos, a su querido hermano. Ahora, las lágrimas surcaban sus mejillas silenciosamente. Su madre le dijo que se pusiera ropa negra, tenían que ir a la tumba de Carlos. Lo habían matado. Con todo el dolor de su corazón su querido hermano estaba metido en su pensamiento. Sentada en el duro asiento de madera, rezaba con su rosario en la mano, mientras viajaban en ese tren como pasajeras de tercera clase.
Madre e hija, de luto riguroso, vestían modestamente. Cada una inmersa en sus pensamientos, con la mirada perdida, sumidas en el dolor. La madre recordaba a su hijo cuando nació, lleno de pelusilla rubia, parecía un querubín. Sus primeros pasos, su risa que alegraba su casa junto con su esposo, lo bueno y obediente que era, la maestría en fabricar cualquier cosa con sus manos, su temprana edad trabajando en el campo con su padre. Era un niño modelo. En sus dos últimos años de su vida dio un giro a su vida y se convirtió en un huraño. No quería llorar delante de su hija menor, pero no pudo que dos grandes goterones cayeran por su rostro.
El tren se paró en el pueblo. Sólo dos viajeras se apearon en la estación. Caía un sol de justicia. Era pleno mes de agosto, la mayoría estaba durmiendo la siesta. Las dos mujeres caminaron por la calle principal. Algunos desde sus casas las observaban.
El párroco D. Vicente se disponía a echarse su merecida siesta cuando oyó a su hermana que llamaba a su habitación.
– Aquí se encuentran los familiares del ladrón que anteanoche entró en casa de la viuda la señora de Ferrer.
– Diles que les atenderé cuando me levante de la siesta. Ni siquiera le dejan descansar a uno.
– No puede ser, señor Padre, quieren irse en el tren de las tres y media.
En la antesala, la madre y la hija totalmente enlutadas, esperaban con un ramo de flores envueltas en papel de periódico. El malhumorado cura salió y les preguntó qué querían.
– Soy la madre de Carlos Centeno, el muchacho fallecido.
– Es mejor que vayan al cementerio cuando baje el sol. Las calles están llenas de curiosos. Y hace demasiado calor ahora.
– No podemos esperar. No puede negarnos como religioso que cumplamos con nuestro deber en la fe cristiana, y recemos ante la tumba de mi hijo difunto.
El párroco, con prisa por descansar, les dio las llaves del camposanto.
– Tenga las llaves, luego las dejan en el alfeizar de la ventana.
A la salida se encontraron con una muchedumbre curiosa que empezaron lentamente a abuchear a madre e hija. Ellas dignamente se encaminaron en medio de la calle principal del pueblo ante la mirada de los curiosos. Sin inmutarse, entraron en el camposanto. Dieron una rápida mirada, y la única tumba sin lápida. La tierra estaba aún reciente. La aparente frialdad de la madre se rompió ante la sepultura de su primogénito. Ana María, con cuidado, colocó las flores ante la tumba de su hermano.
Demasiados recuerdos, demasiadas emociones se agolpaban en aquel triste día. Se dirigieron a la estación de ferrocarril, a coger el tren de las tres y media. A lo lejos, en una tumba sin nombre, reposaban los restos de Carlos Centeno.
FIN

A la espera del fin

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A la espera del fin, varado frente a la puerta,

Observo el umbral.

Te recuerdo otrora alegre, yo alegre.

Alegre de besos y abrazos.

De ¿Cómo estás?, de silencios amistosos,

de miradas henchidas de nosotros.

¿Que existe ahora tras ese umbral?

Tu no espera.

No es que no desee verte, quiero, sí.

Pero traes una bruma de molesta,

un ambiente yermo.

Una discusión, miradas de odio.

 

Nuestra casita, donde corrimos y empapelamos de cariños.

de tiempos antaño felices, ¿a dónde se fueron?

Son los mismos cuartos, cocinas, sala, todo lo mismo.

Pero no lo es. Tu mundo y el mío se fracturan.

Indefectible perdición. Anatema a quien propuso amor eterno.

Ahora vienes con un puñal en los labios.

Y yo con un adiós en la cabeza.

¿Matamos al pasado?

¿Cuántas puñaladas más necesita éste recibir?

A mí el cariño que sentía me es atribulado.

No porque los recuerde,

Sino porque me sobran aún palabras bonitas.

¡Qué ganas de abrazarte, de ser el pasado!

Y es lamentable porque llegas y contigo arriban las tristezas.

Tú iracunda, yo iracundo, sin besos ni abrazos.

Lágrimas, murmullos.

¿Qué más queda sino la espera del fin?

 

Christo Herrera Inapanta.

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Corriendo contra la vida

gacela entre vidrios

río de abejas, montaña de arena.

La muerte me anima.
Voy desbocando semillas

destrozando tallos

y tú voz me para.

Tus ojos se inmovilizan.
Sonríes y te escondes al velo

negro pelo, cielo que llueve

y lo olvido,

no oigo al tiempo

ni me miro.
Mi luz se extingue

soplas el pabilo

vuelves al sendero, yo a dentro,

todo es nuevo.

Solo la muerte me mira.
Amaru castelA.

Meditaciones de distintas personas para una sola persona

El problema de las personas que no somos una misma cosa.

Nunca somos iguales a como fuimos antes.

Lo que somos ahora, no lo seremos en el futuro.

El problema es que somos muchas personas distintas,

Atrapadas en un mismo cuerpo. Un cuerpo poli-espiritual.

El problema es que las personas encasillamos a las personas,

Dentro de algo estático, como una roca, pero no somos una roca,

Somos seres mutables.

El problema es que todas esas personas que habitan dentro de nosotros

Hablan con una sola voz,

Ven con el mismo par de ojos,

Aman con el mismo cuerpo,

Pero nunca es la misma persona la que usa esa voz, ese par de ojos, ese mismo cuerpo.

El problema con las personas es que quisiéramos que otra persona fuera siempre igual,

Por eso nos decepcionamos, porque la otra persona, mañana será otra persona.

A veces ocupa el cuerpo una persona con ganas de trascender

A veces ocupa el cuerpo una persona que se inclina por lo banal,

A veces, solo no habita nadie el cuerpo y se está por ahí, gastando oxígeno.

 

Christo Herrera Inapanta.

Tormenta, lluvia y jaula.

 

Quise escribir un pequeño poema a quien no puede entrar en mi vida. Joyita que cayó por azares malditos en el bolsillo raído de este vagabundo. Unas palabritas que dejaren plasmados los momentos diminutos que me regaló. Yo era Ser de arena ya, y aún no había muerto, sin embargo llegó ella, trayendo una sonrisa, unos ojos grandes y esplendentes, una forma distinta de pensar. ¡Qué puedo decir!, fue tormenta de paso, lluvia fresca sobre el desierto, tormenta al fin y al cabo y como tormenta revolucionaria de mis huellas y las huellas del futuro que quise forjar.

Mas, quién dijo que las tormentas eran malas. Y si en lugar de esperar el después de la tormenta, ansiaba el entonces. Porque el entonces me hizo moverme y dejar de ser el pasado soso en que me había convertido. Pero huyó como lo hacen las aves que son libres. Mi jaula, no, mi jaula no es sitio correcto para ella. Avejentado pequeño burgués, acomodado en proyectos que no termina ni piensa terminar. Solitario, lobo estepario, desencantado del mundo que hay fuera de la caverna. Llegó  para irse y la vi acomodarse y le di la bienvenida porque pensé que la estaba esperando hace mucho.

Qué curioso es este sentimiento. Supongo que Eros aún está hincando su flecha en mi espalda ya que no hay momento que haya de olvidarme de su SER. Diviso en el viaje a casa, panorama extraño, una claridad como antes no la había sentido. La gente sube y baja de este medio de transporte, no sé cómo llamarlo ahora, medio de recuerdos, pero me es indiferente del todo. Me es indiferente el Cotopaxi a lo lejos, majestuoso y blanco y me son indiferentes las miradas burdas de la masa que me rodea. Ya no pienso. He sido alienado en su fugaz sexo.

Evocan sus recuerdos y se hincan en la retina y la revivo una y otra y otra vez y ahí están sus labios, sus ojos cerrados, su respiración forzada, su cuello, su cuerpo, su SER. Supongo que a partir de ahora en mi soledad habrá cabida para ella y su recuerdo y no para más, no podría tantear lleno de ampollas las brasas de otra mujer. Supongo que cuando llegue a mi pequeño departamento, donde habitan mis libros y mi música la encontraré a ella entre todo eso que amaba porque me alejará de todo lo que algún día fui.

Y entre lo que fui, fui también un estúpido. ¿Vivir solo, años de años para luego henchirme con una estrella fugaz? Supongo que al fin de cuentas las tormentas sí son malas, no por que suceden, sino por las ruinas que dejan. Si antes fui desierto y hombre de arena sin haber palmado, su vertiente me convirtió en limo, ahora, ser agrietado bajo el sol del hastío que regresa.

Entro al departamento. Eco de mis pasos, mi maleta sobre el suelo. Me acerco, vacío, solo. Eros se ha largado con ella y me encierro de nuevo en mi pequeñita jaula de barrotes oxidados, de lunas invisibles. Abro un cuaderno y quiero escribir algo para ella, pero ella es simplemente inefable. Así, la hoja queda en blanco y yo la recuerdo de nuevo.

Christo Herrera Inapanta.

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Si te llamo, vienes.

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Y si vienes y me abrazas,

Y me acaricias el cabello,

Y me mojas las mejillas

Con uno, mil besos.

Si me tomas solo las manos,

Si sonríes,

Si bostezas,

Si te enrulas con un dedo el pelo,

Y callas y me miras y ahí gritas

Mil veces lo que a las palabras

La semántica no le alcanza.

Y si te acercas

Y respiras despacio,

Y pones tu oreja en mi pecho

Y sientes latir un corazón,

Mil veces más rápido cuando te acercas,

Y si caminamos y nos besamos

Y si nos miramos de nuevo

Y quemamos el mundo con nuestras manos,

Y mojamos los valles con el deseo,

Y si solo nos detenemos un momento

Y mil veces otros mil momentos

Y sin decir ninguna palabra,

Descubrimos al amor oculto en las miradas,

Un amor bobo que no encuentra cabida

En ninguna palabra antes mencionada.

Christo Herrera Inapanta.

Meu amigo Nietzsche

Mi amigo Nietzsche, corto fílmico escrito y dirigido por el brasileño Fáuston da Silva, ganadora del Festival Internacional de Cine de Valencia y en el Festival Latinoamericano de Video y Artes Audiovisuales muestra la importancia reveladora de la lectura y el pensamiento.

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Este film no se trata solo de haber encontrado un libro y leerlo, trata de haber encontrado un libro que cuestiona la sociedad, en una sociedad retratada por el corto con todos sus defectos posibles, alienación al fútbol, a la religión, al escaso apoyo docente al estudiando.

En este contexto, el film se desarrolla de una manera sencilla al típico estilo de la narrativa de aventuras, y es que el film es eso, una aventura por el conocimiento y la lectura. El héroe que proviene de la masa más común, que se entabla en una misión desconocida encomendada por un viejo sabio. Así, Lucas, el pequeño protagonista del corto que apenas puede leer se encuentra en un basurero al libro Así habló Zaratustra del alemán Friedrich Nietzsche, que en principio decide volver a dejarlo porque nadie puede ayudarlo hasta que un señor que algo parece tener de conocimiento le encomienda leer el libro y preguntar por aquello que desconoce.

“Será posible que este Santo, éste separado del mundo, no escuchó todavía hablar de que Dios ha muerto”. F. Nietszche.

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Aunque el desarrollo del guión pareciera sencillo, su trasfondo va más allá de la simple narrativa de aventuras, es más bien una crítica a la sociedad brasilera enmarcada en los paradigmas de la ignorancia, qué mejor ejemplo que hallar al libro de Nietszche en el basurero, metáfora de a dónde se está arrojando al conocimiento en las partes bajas de Brasil, o como cuando el pequeño protagonista pregunta a su madre si “Dios ha muerto”, es preferible para ella ir a sacarle el demonio de adentro.

El film culmina con sus profesores quejándose de que el pequeño está predicando las verdades de Zaratustra, pero este no es un film de dogmas, sino un film de carácter filosófico y por ello la madre debe arrojar el libro a la basura y Lucas, al ir a recuperarlo, encuentra más bien al Manifiesto Comunista, de Marx y Engels, denotando la importancia de continuar en la aventura por el conocimiento y que el haber comprendido al Zaratustra de Nietzsche no era el fin de la travesía, al contrario, era el inicio de la eterna peregrinación por el mundo de la lectura, el conocimiento y la filosofía.

Te dejamos el enlace para que puedas disfrutar de este corto.

Christo Herrera Inapanta.